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Carles Franch

La Vall de Cabiscol

Texto por Viqui Sanglas - Fotografía de Santi Garcia

05.11.14

En la Finca la Vall de Cabiscol los animales campan a sus anchas y se practica una agricultura natural y de temporada. Trabajan con diferentes variedades de cada frutal típico del mediterráneo para poder alargar al máximo las temporadas. Además apuestan por ajustar al máximo los precios, para que su producto sea accesible al mayor número de personas posible: “Todo el mundo tiene derecho a comer bien,” sostiene Carles que junto a su padre ha iniciado este proyecto. Hablamos con él para entender los valores y la filosofía detrás de y La Vall de Cabiscol.

Cuéntanos la historia de la Vall de Cabiscol. ¿Cómo empezó todo?

Mi padre es una persona especial. Ha sido emprendedor desde muy joven y todo lo que ha ganando lo ha invertido en más empresas y en tierra para cultivar. Hace unos años plantó olivos y empezó a elaborar el aceite Cocons. El negocio funcionaba, así que un día compró la finca de la Vall de Cabiscol. La idea inicial era explotarla como finca de turismo rural y seguir plantando oliveras para poder hacer más aceite.

¿Por qué os desviasteis de ese plan inicial?

Empezamos a trabajar en la finca y enseguida nos dimos cuenta de la riqueza que tenía. Era una pena destrozar todo para plantar oliveras. Optamos por mantener lo que había y plantar todo tipo de árboles mediterráneos con la idea de alargar las temporadas de forma natural. A su vez, como había mucho bosque fuimos comprando animales y los dejamos que camparan libremente por la finca.

Explícanos como fue el trabajo de restaurar la finca Vall de Cabiscol.

Decidimos restaurar la finca siendo fieles a la estructura original. Trabajamos poca gente intentando hacer las cosas lo más manualmente posible. Nos dimos cuenta que por el tipo de vegetación con mucho ciprés y muy mediterráneo, la Vall de Cabiscol tenía similitudes con la Toscana italiana, así que decidimos inspirarnos en el estilo de las fincas rurales de esa zona. No trajimos nada de fuera, todo lo construíamos con materiales que encontrábamos allí. Fue un proyecto muy bonito que me llevó unos cuatro años. Fue el mejor momento de mi vida.

Una vez la finca estuvo lista empezasteis a producir. Habláis del ciclo natural y de una agricultura integrada y autosuficiente. ¿Nos podrías explicar la filosofía de la Vall de Cabiscol?

Al principio quisimos que todo nuestro producto fuera ecológico, pero nos dimos cuenta que no era el camino. Decidimos seguir los métodos naturales que han utilizado los pageses toda la vida en el campo y complementarlos con la tecnología de hoy. Por ejemplo, combinamos la homeopatía para fortalecer el cultivo y hacerlo más resistente ante las plagas y las enfermedades con el control biológico y la cubierta vegetal. Ésta última consiste en dejar crecer las hierbas que salen del suelo para que cumplan su función con el ecosistema. En definitiva, mezclamos la tradición con la ciencia.

¿Por qué habéis apostado por integrar verticalmente el negocio y abrir dos tiendas en Barcelona para vender al cliente final en lugar de vender a través de intermediarios?

Cuando empezamos a tener producción nos dedicamos a vender por los pueblos de la zona. Pero mi padre tenía claro que teníamos que venir a Barcelona. Su idea era que la finca llenase de producto las tiendas de Barcelona y que las tiendas llenasen de turismo la finca el fin de semana. Vino a Barcelona y se pasó todo un día en un taxi. Los taxistas conocen la ciudad mejor que nadie, así que le contó el concepto y le pidió que le diese una vuelta por los distintos barrios hasta que encontró este local.

¿Qué ventajas os ofrece esta integración?

La integración es clave para poder desarrollar el proyecto. Nos permite coger la fruta en el punto de maduración que es lo más importante para que esté buena. La mayoría de campesinos, que venden a intermediarios, cogen la fruta verde para asegurarse vender toda la producción. Un supermercado nunca te comprará fruta que no esté en perfecto estado. Cuando coges la fruta en el punto de maduración te expones al riesgo de que este picada por algún pájaro o que se te haya metido algún gusano. Nosotros podemos correr ese riesgo porque el cliente somos nosotros mismos. Y si se nos estropea algo o no lo podemos vender en vez de tirarlo se lo damos a las gallinas.

¿Cuáles han sido las decisiones clave para conseguir que la tienda funcionase?

Hemos ido construyendo la tienda poco a poco, siendo siempre fieles a las pautas que nos íbamos marcando. Al principio casi no teníamos fruta y verdura, ya que era el primer año que habíamos plantado. La gente entraba en la tienda y nos preguntaba si vendíamos muebles. Por eso empezamos a traer productos de otra gente de la zona del delta como arroz o vino, algo que todavía seguimos haciendo. Cuando empezamos a tener más producto organizamos la entrega de productos en tres días: los lunes, los miércoles y los viernes. Los clientes lo saben y se organizan. Incluso nos reservan ciertos productos como los huevos, cuya producción es limitada.

Además de tienda tenéis un restaurante donde ofrecéis una cocina simple, variada y honesta. ¿Cuál es tu experiencia como cocinero y cuál es el concepto de restaurante?

Apostamos por un tipo de comida muy casera y el concepto gustó. Había cocinado en casa, pero nunca en un restaurante. Al principio llamaba cada día a mi abuela o a mi madre. De manera natural empezamos a poner mesas en el local y a focalizarnos en lo que estamos haciendo ahora que es servir comidas y cenas prácticamente todos los días de la semana.

“No todo el mundo sirve para todo, pero todo el mundo sirve para algo.”

El trato con el cliente es cercano y muy natural. ¿Cuál es tu filosofía como líder de este equipo?

Hemos apostado por formar un equipo de gente joven de la zona del Delta del Ebro. Son personas que conozco de toda la vida y eso ha ayudado a crear un ambiente muy casual. Me gusta dar mucha responsabilidad a mi equipo. Les marco un objetivo y les dejo que lleguen a él como crean que es mejor. Hay que dar responsabilidad a las personas con las que trabajas y tirar del carro, no dedicarse a dar órdenes. Se sienten implicadas y se esfuerzan más porque lo sienten suyo. Por otro lado creo que gestionar equipos cosiste en saber ver las virtudes de la gente y explotarlas. No todo el mundo sirve para todo, pero todo el mundo sirve para algo.

¿Echas de menos el campo?

Me he criado en el campo, entre olivos y algarrobos. Al principio me costó adaptarme a la ciudad, lo echaba mucho de menos. Pero con el tiempo lo empecé a ver desde otra perspectiva. Me he dado cuenta que estamos enseñando nuestra tierra, defendiendo la filosofía del Delta del Ebro, los productos y la gente, que es lo mejor que tenemos. Eso me llena mucho y le da sentido a todo.